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Antecedentes Históricos

Antes de que llegaran los monjes cartujos, el lugar de Aniago había pasado por una serie de asentamientos religiosos que, por razones desconocidas, no llegaron a prosperar. Los reyes, especialmente las reinas, mostraron siempre un gran interés por fundar un monasterio en el sitio, ya fuera de una orden o de otra, según los tiempos. La primera noticia que se tiene es una donación que hizo del lugar la reina Urraca de Castilla (reina 1109–1126) a los monjes de santo Domingo de Silos, donación confirmada después por su hijo Alfonso VII en 1135. Este rey ayudó bastante a los monjes de Silos y mandó acotar para su explotación el tramo del río Duero que iba desde la desembocadura del río Pisuerga a la desembocadura del río Adaja. Para el buen aprovechamiento de estas aguas se construyó una pesquera entre el lugar llamado Torrepesquera —en Villamarciel— y Otea —Villanueva de Duero—.​

Los monjes de Silos debieron edificar allí unas casas modestas pero nunca echaron muchas raíces. De hecho se habla en los documentos que el abad de Silos había arrendado la casa en 1288 a Ruy Martínez, capiscol de Toledo y en 1306 lo vuelven a arrendar durante quince años por la cantidad de 400 mrs. Pero ni el arriendo ni el lugar interesaron mucho al abad de Silos, por eso estos monjes hicieron un trueque con el caballero Fernán Sánchez cambiando Aniago por la heredad de Nebleda, en el año 1345. Duró pocos años en sus manos pues Fernán Sánchez lo vendió a su vez a la ciudad de Valladolid en 1362, que lo mantuvo hasta 1365, fecha en que hubo otra venta, esta vez a la reina Juana Manuel, esposa de Enrique II. También la reina lo enajenó con la intención de que se crease allí un monasterio de monjes jerónimos. Lo donó en 1376 a fray Pedro Fernández que por entonces era prior del monasterio jerónimo de la Sisla, cerca de Toledo. Al hacer la donación se ocupó de completarla con otras dádivas y privilegios como fueron las casas de los baños que se encontraban junto al convento de las clarisas de Tordesillas.​Tampoco los jerónimos encontraron de su agrado el enclave y a principios del siglo XV ya lo habían abandonado, volviendo el lugar y las pocas edificaciones que había a manos de la ciudad de Valladolid.​

El Ayuntamiento recibió una orden del rey el 26 de enero de 1409 obligándole a vender el «lugar y jurisdicción de Aniago con todos los pastos por 2000 maravedíes de juro de heredad perpetua» al obispo de Segovia Juan Vázquez de Cepeda, consumándose la venta en el mes de febrero. El deseo del rey era que el obispo instituyese allí un hospital u hospedería para capellanes mozárabes con un oratorio para celebrar el rito mozárabe que hasta la fecha solo se celebraba en la capilla mozárabe de la catedral de Toledo. En el documento de venta se establecían dos condiciones: que se revirtiese dicha compra cuando dejara de existir la institución o cuando se enajenara el convento. ​

Juan Váquez de Zepeda, obispo de Segovia del Consejo de Enrique III y maestro de Juan II compró a la ciudad de Valladolid el sitio y jurisdicción de Aniago, con ánimo de fundar un Colegio de Clérigos Regulares, donde se habría de celebrar el oficio gótico o mozárabe, reformado por San Isidoro en virtud del acuerdo del concilio IV de Toledo.

Diego de Colmenares, en Historia de Segovia

El 8 de febrero de 1413 el papa Benedicto XIII extendió una bula confirmando el derecho del obispo para tal fundación. Por su parte el obispo hizo grandes regalos al lugar y a la institución, empezando por las «necesarias» reliquias, imprescindibles siempre no solo para la consagración del altar mayor sino para atraer visitas y peregrinaciones; incluso se llegó a instituir una romería anual que llegó a ser famosa en el entorno.9​ Durante el mandato del obispo comenzaron las obras de la iglesia y del claustro, que se modificarían con la llegada de los cartujos que lo acomodaron todo a su estilo de vida.

La institución duró menos de treinta años. Un año antes de su muerte, en 1437, el obispo otorgó testamento nombrando patrona a la reina María de Aragón, esposa de Juan II, y en codicilo del año siguiente le dio facultad para fundar libremente un monasterio.

Historia de la cartuja

En 1441 la reina María de Aragón tomó la decisión de donar su herencia de Aniago a la orden cartuja y un año después el papa Eugenio IV confirmó la donación. La reina pidió que se fundara con veinticuatro monjes; los dos primeros llegaron desde el monasterio del Paular y se encargaron de la puesta en marcha de la cartuja. En un albalá o Real cédula, Juan II otorgó a los monjes el derecho a incluir en sus obras y reposteros las armas reales y la gracia especial de que «las acémilas de los monjes puedan llevar sonajas como las acémilas del mismo rey».​

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Tal y como era costumbre entre los cartujos el complejo monástico fue una construcción humilde que vista desde fuera se parecía más a una casa de labor que a un monasterio. En la época del barroco se construyó la espadaña que ofrecía una nota totalmente diferente. En el siglo XVIII se añadieron las yeserías como decoración en la iglesia y en la sala capitular. Todos los edificios monacales y las viviendas de los colonos estaban rodeados por una tapia de mampostería y tapial que ha llegado casi intacta hasta el siglo XXI.​

La vida de la cartuja de Aniago se fue desarrollando a través de los siglos con los trabajos, rezos, intrigas, conveniencias, avenencias y desavenencias propias de cualquier comunidad de monjes. Cuando acabó el conflicto bélico con los franceses, los cartujos regresaron al monasterio hasta que en 1820 tuvieron que abandonarlo de nuevo por «decreto de desamortización» del Trienio Liberal. A los tres años regresaron de nuevo pero su estancia duró tan solo hasta 1835 pues, a raíz de la desamortización de Mendizábal, la exclaustración fue definitiva y sus bienes fueron subastados. El monasterio cartujo dejó de existir como tal en 1836. El patrimonio artístico se vendió o se repartió entre distintas instituciones, los edificios fueron abandonados a las inclemencias del tiempo y al pillaje. En el año 2015 sólo quedan ruinas que se van desmoronando día a día.​

Tropas de Napoleón en Aniago. Inventario

En enero de 1808 llegó a Valladolid con su tropa el general Dupont del ejército de Napoleón. A partir de ese momento los monasterios masculinos sufrieron toda clase de atentados. El monasterio de Aniago no fue una excepción. Los monjes recibieron la orden de que pusieran a disposición del ejército noventa camas para alojar a los soldados, más cebada y paja para los caballos y harina, chocolate, pan, aceite y vino para los hombres. En agosto de 1808 fue la exclaustración con el mandato de que cada hombre regresara a su lugar de origen con una pensión compensatoria. Una vez abandonado, el monasterio sirvió de cuartel.​

En 1810 el general Kellermann estaba en Valladolid donde proclamó algunos edictos. En uno de ellos se hizo saber a los ciudadanos que tenían dispuesta una escuela en la antigua hospedería del monasterio de Aniago donde se enseñaría Gramática, a leer, a escribir y a contar; que se enseñaría a los pobres gratuitamente, proporcionándoles libros, papel, pluma y tinta. Comenzarían las clases el 2 de enero de 1811. Se pagaría a los maestros con los fondos de los productos de bienes nacionales. ​La cartuja se transformó en la «Garnison d’Aniago» que acogió sucesivamente en sus muros al 1.er Batallón del 3.er Regimiento de Suiza, al 3.er Batallón del 3.er Regimiento, al 22.º Regimiento y a algunas unidades del ejército de Portugal.​

En septiembre de 1809 el gobierno francés requirió a las autoridades españolas la elaboración de los inventarios de las obras de arte que se encontraban en los distintos monasterios. Para hacer ese trabajo se reunieron varias autoridades civiles y eclesiásticas de organismos oficiales, entre los que estaba la recién creada Colecturía General de Conventos. Poco después se hizo cargo de este trabajo la Dirección General de Bienes Nacionales. En teoría los bienes muebles confiscados e inventariados —las obras de arte— irían a parar al Museo Josefino de Madrid, al Museo Napoleón de París y a la subasta para conseguir liquidez monetaria. Los objetos litúrgicos que no fueran de metales preciosos se repartirían entre diversas parroquias necesitadas. El canónigo José Berdonces —bibliotecario de la Universidad y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción y de la Sociedad de Amigos del País— se hizo cargo de los inventarios de obras de arte y platería. El inventario de Aniago fue especialmente detallado. En él constan todos los objetos de metal y obras de arte que tenía la cartuja en aquel momento. La plata fue recopilada por las autoridades francesas, fundida y convertida en moneda o bien enviada a Francia para otras necesidades. Las autoridades españolas pusieron a buen recaudo ciertas obras de arte que llegaron de esta forma a ser parte del patrimonio disperso.

​(Fuente wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Cartuja_de_Nuestra_Se%C3%B1ora_de_Aniago)

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